Estaba súper orgulloso de su playa. Era casi privada, por allí no pasaba casi nadie.

Tenía una pequeña choza cerca de la orilla y había descubierto que el mar se lo llevaba todo. Su playa era la más limpia del lugar. La resaca era muy fuerte a ciertas horas y ya sabía cuándo deshacerse de sus residuos tirándolos al mar. Desaparecían, el mar se los tragaba. ¡Agua salada bendita!

Unos kilómetros hacia el sur, Pepe no entendía nada. No paraba de limpiar su playa y siempre amanecía llena de basura. ¡Agua salada maldita!

Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVagua.

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